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miércoles, 17 de abril de 2013

Tren Expreso



Decidí viajar en el nocturno para romper la rutina de tanta velocidad futurista y de improviso entré en un pasado olvidado, un viejo convoy con luces secas, tapicerías de skay y olor a desinfectante, un espacio cargado de nostalgia como un cuadro de Edward Hopper. Este achacoso tren seguía de memoria su trayecto de tantos años movido por la costumbre. 



En pleno siglo 21 el expreso no podía quitarse la herrumbre de sus arrugas ni la cercanía del olor a bocadillo de tortilla, pero las mesas del bar animaban a compartir confidencias insomnes con extraños, y en los estrechos pasillos los cuerpos forzosamente acababan encontrándose. 

La distancia del trayecto tomaba solidez durante toda una noche densa, de sueño a flor de piel, de crujidos y traqueteos, de ronquidos suaves y olores íntimos, un pequeño hogar de solidaridades fugaces, la sensación del viaje y el exotismo recobrados en casa.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Etiopía contemporánea



No fue difícil descorrer la cortina del prejuicio para ver la Etiopía real, muy pobre pero también muy viva y contemporánea. Muchas partes del país son verdes, y la mayoría de los jóvenes hablan inglés y tienen email.

Una vez desmontados los tópicos, podemos continuar por apartar nuestra cortina de orgullo y reconocer que ellos, pobres y abisinios, pueden ser un ejemplo en la actualidad, como es la costumbre de comer menú vegetariano frecuentemente, cultivar huertos urbanos en algunos jardines públicos, construir con materiales locales naturales o la educación obligatoria en inglés para todos.

Lo que me preocupó no fue su pobreza material, sino su nacionalismo ubicuo, aferrados a la voluble idea de patria, quizás atrincherados en ella para defenderse de otras identidades altivas, pero la nación que pretende salvarles es la misma que me marca como “faranji”. Es contradictorio estar condenado a ser siempre extranjero en una tierra tan acogedora.

Todos los etíopes me preguntaron por su propio país, necesitaban confirmar que su tierra no era tan mala, y que un occidental lo ratificara. África no cree en sí misma, presa de nuestra mirada occidental, por eso Obama es un icono omnipresente que les da esperanza y dignidad, pero ese cambio es un atajo tramposo porque el reconocimiento necesita surgir de ellos mismos.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Addis - Estambul - Barcelona


El retorno al Mediterráneo era evidente, en Estambul el aire era más rígido y a la vez más hedonista, esta mezcla de piel y racionalidad también estaba en el tráfico frío y veloz, en la arquitectura casi germánica y monumental, en las terrazas acogedoras de los cafés, en las calles transitadas por olores húmedos y gatos.

El Istanbul Modern es un edificio práctico, por fin un museo que deja ver sus obras. Su colección es de arte contemporáneo internacional y sobre todo turco. Viendo sus salas dudo si la globalización empezó con el comercio o fue el arte el primero en homogeneizarse. Desde el siglo XX parece ser el mismo en todo el mundo, quizás el proceso se inició eliminando la singularidad geográfica, luego la cultural y ahora sólo nos queda la singularidad individual, que absorbe y decide.

Los mercados de Estambul aún siguen siendo orientales, fronteras de Europa con Asia Central y Oriente Medio, con sus gustos recargados, sabores vivos y cercanía elegante.

Y Barcelona sigue su proceso de plastificación y maquillado, pronto hasta el Mediterráneo le pedirá cuentas por renunciar a sus olores y cicatrices. Suerte que es tan bonita que por ahora cuesta renunciar a ella. Por ahora.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Comer en etiopía


Nadie se pone de acuerdo, para unos es picante, monótona y sosa, para otros es sabrosa, variada y ligera. Yo me encuentro entre los últimos.

La base es la injera (léase inyera), una oblea grande de 40 cm. hecha de harina de tej, un cereal maravilloso, chiquito y muy nutriente. La textura es esponjosa, casi escultórica, con una acidez que recuerda al yogur y un gusto muy fino de cereal ligeramente tostado. Es el instrumento perfecto para comer con las manos.

Sobre la injera se sirve directamente la comida que puede ser vegetariana (fasting). Yo solía pedir el Beyainet que consiste en un poquito de todo, cocinado y crudo perfectamente combinado, un delicioso resumen de la comida etíope. Por prevención no como nada crudo en los viajes. En la foto un Beyainet fasting:



1-    Pimiento relleno de tomate y cebolla (crudo: peligro!)
2-    Ensalada de tomate (crudo: peligro!)
3-   Patata y una verdura entre espinaca y acelga, poco cocidas, crujientes y frescas, punto terroso y ácido.
4-    Ensalada de col (cruda: peligro!)
5-    Ensalada de remolacha, patata y cebolla cocidas, tal cual, fresca.
6-    Kik i Bakay: lentejas y patata, suave y cremoso, casi dulce, con gusto a naranja.
7-    Kik i adichey: lentejas, tomate y pimiento, picante, sabroso y fresco, con mucho sabor y textura.
8-    Shiro: puré cremoso, sabroso, punto ácido y picante. Es un clásico.
9-    Taliba: puré terroso, poco picante, sabor a pimentón y pimiento seco, punto ácido.
10- Col y zanahoria tal cual, sirve para refrescar.
11- Patata y zanahoria tal cual, fresco y limpiador de los otros sabores.

Y para acompañar la comida hay vino etíope (el vino y su conexión con el cristianismo) pero no lo probé, lo mejor es una cerveza o agua con gas (Ambo). Que aproveche!!!

Addis Abeba II



Addis me recibió a la vuelta como una vieja conocida, luminosa, cotidiana y llena aún de secretos por compartir. Ahora captaba mejor su carácter y el reflejo de sus provincias. El poder también es más visible en la capital, la savia del dinero refugiada en edificios acristalados, la fuerza esclerotizada de los ministerios, la jerarquía eclesiástica reafirmada en su permanente presencia.

Los últimos días acaban con compras y museos, restaurantes caros y eventos culturales de expatriados. Las tiendas de recuerdos absorben al visitante, ensimismado en sus sueños de exotismo y oculto expolio. El Museo Etnológico fascina tanto por su contenido como por el continente, el antiguo palacio del enigmático Haile Selassie. Aún pareciendo buen tipo siempre desconfié de la pompa que le rodea, anacrónica y fuera de lugar.

La calle sigue siendo el lugar donde realmente ocurren cosas, viejos mendigos con el infortunio marcado en su piel, mujeres de caras tatuadas, dos ciegos andando muy juntos, refugiados el uno en el otro, una cabra disfrazada de león, dos chavales con camisetas del Real Madrid y el Barça abrazados. Quizás yo también soy etíope sin saberlo.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Harar



Las antiguas postales de los exploradores suelen marcar mis expectativas sin pensar que el futuro a veces se nos adelanta con su rastro de plásticos y teléfonos móviles. Harar no era lo que imaginé y a la vez fue un cúmulo de déjà-vus (Zanzíbar, Ghardaia, Chaouen). A pesar de todo, el mito sigue recostado en esta ciudad amurallada.

Las calles son un laberinto fractal con paredes que reflejan mágicamente la luz, vibrando de repente como caminos desérticos, a veces como valles acuáticos o incluso como relámpagos deslumbrantes. Allí los puestos de verduras se expanden por el suelo, las mujeres se deslizan discretas y los niños huyen de la privacidad de sus casas.

Tan cerca de Somalia y del Mar Rojo, el carácter debía ser diferente. La gente parece más viva, pero también más distante, es más difícil entrar en intimidad, el extranjero está cosificado y los niños acaban siendo más agresivos hacia él, gritándole cansinamente “faranji” y hurgando en sus cosas sin respeto.

El qat (léase “chat”) es la reina indiscutible de Harar, esta hoja ligeramente psicotrópica está muy presente en la vida de la ciudad, moviendo personas y negocios. Su consumo es una ceremonia social, más por sus efectos que por su sabor vegetal con un punto tánico y astringente. Lo que más me gustó del qat fueron sus vendedoras nocturnas, luciérnagas iluminando sus productos a cualquier hora para el adicto comprador. 

martes, 27 de noviembre de 2012

Lalibela y alrededores



Quisimos observar la vida cotidiana que corretea fuera de las iglesias, escondida en la penumbra de las chozas donde se comparte tej ahumado, por los descampados donde los adolescentes luchan parodiando películas indias entre cabras y acacias, o en las escuelas religiosas donde los niños memorizan rezos con ritmos pigmeos.

El sábado hay un orgánico mercado muy concurrido por campesinos de otros pueblos, tímidos y desconfiados, sorprendidos por mi curiosidad. El latir del mercado es tan brioso que puede agobiar y provocar la habitual retirada del turista. Nosotros optamos por sentarnos junto al puesto de una elegante y avispada señora mayor. Empezó así una inspección mutua que acabó en asimilación, ella fue nuestro camuflaje para observar sus transacciones, conocer los precios reales, entender sus complejos peinados, comparar los trajes decorados con botones y dar tiempo a que la vida se asomara con su lenta cadencia.

Una sencilla excursión por los alrededores nos alejó aún más de la vorágine turística. Nos dejamos acompañar por colegiales vestidos con uniformes mil veces remendados, saludamos a campesinos que segaban y a trabajadores que paraban para comer, sonreímos desarmados a las abuelas que nos aconsejaban cosas indescifrables, descansamos bajo árboles de enormes sombras marinas y jugamos con los niños, siempre alrededor, sonrientes, dispuestos, sorprendidos. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Lalibela



Una visita no basta para entender el sorprendente hormiguero de edificios, salas, cuevas y túneles de sus iglesias excavadas, la perplejidad de sus espacios, de su construcción, de esa luz densa y huidiza, el sentido de estos búnkers de 800 años de antigüedad, cofres fuertes donde la divinidad se refugia.

Las iglesias de Lalibela son supervivientes capaces de mutar según las horas del día. Al amanecer la liturgia llena estos templos de fieles y de cánticos suaves y monótonos, los templos respiran devoción e intimidad familiar. A esa hora la roca es un espacio vivo, una enorme serpiente sagrada que repta dentro de la piedra, un telúrico sistema digestivo que engulle creyentes para parirlos limpios y redimidos.

Durante el resto del día los fugaces turistas visitamos este sorprendente laberinto como ratones inquietos y algo asustados. Si de madrugada los rezos empapan la roca, por la tarde es la estética la que hace vibrar este lugar, y las iglesias simulan estar detenidas en el tiempo, se muestran dignamente fotogénicas posando con rigidez de museo, enseñando con cierto pudor sus venerables arrugas, el esplendor arcaico y algo cansado de su arte.

El sol entra en pasadizos y cuevas jugando a esconderse por un momento en las cámaras acorazadas, y los turistas, armados con cámaras creemos apoderarnos de esa luz que sigue volando libre por Lalibela.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Montañas Simien: datos prácticos



Espero que esto ayude a la escasa información en la red.

Hay muchas opciones para hacer la ruta tradicional Debark – Sankaber – Guich – Chennek, dependiendo de si usáis vehículo o no y en qué trayectos. Nosotros hicimos la ida a pie y volvimos en vehículo desde Chennek por falta de tiempo. Fueron 4 dias distribuidos así:
1-    Debark - Sankaber
2-    Sankaber - Guich
3-    Guich - Inatye - Chennek
4-   Subida al Monte Bwahit (4.430) y vuelta Chennek – Debark en vehículo, llegamos con tiempo para volver a Gondar (dos horas de camino).
Necesitaréis un día previo para llegar y por la tarde organizarlo todo. Los precios por agencia eran muy variables dependiendo del transporte, pero rondan los 300 euros por persona todo. Nosotros lo organizamos por nuestra cuenta (4 personas) y nos salió por unos 100 euros. Lo más caro es el transporte dentro del parque (30 euros por persona ir de Chennek a Debark). Ir solo incrementa también mucho los gastos. Desde Chennek se puede continuar hasta el Ras Dashen, el pico más alto de Etiopía. 

Alojamiento y comida:
La mayoría de los viajeros alquilan y llevan todo con ellos, tienda, comida, cocinero, porteador, etc, es lo que aconsejan todas las guías. Nosotros decidimos ir con mochila ligera y dormir en refugios, corriendo el riesgo de no tener sitio (no sé si se puede reservar). 
En Sankaber, Guich y Chennek hay refugios de pago muy básicos (es África), son camas con mantas y sábanas, sólo necesitamos saco sábana. También proporcionan comida excepto en Sankaber, así que  llevamos la cena el primer día y algo de picnic para las comidas de los cuatro días. Es muy aconsejable llevar pastillas potabilizadoras para agua.


Dificultad técnica:
Ninguna, aquí no se hace alta montaña, sino senderismo de alta cota, el único material necesario es abrigo (por la noche llega a cero grados) y buenas botas. El camino es claro y sencillo, y el scout lo conoce muy bien, sólo hay que seguirle. Las jornadas suelen ser entre 6 y 8 horas de marcha con paradas. No sé el desnivel acumulado exacto, pero alrededor de unos mil metros cada día (se sube y se baja constantemente). El desafío real es el mal de altura.

Guías:
El scout es obligatorio (normas del Parque) y suficiente para la travesía. Es conveniente un guía si queréis saber algo más sobre el territorio que visitáis, yo lo eché de menos por la botánica.

Un último comentario: si está nublado (habitual en verano) tened en cuenta que no tendréis las vistas espectaculares y defraudará, será como andar por un campo cualquiera.


Niños de Simien II








Y dos vídeos, un campesino y un trovador

jueves, 22 de noviembre de 2012

Los niños de Simién



Estaban por todos lados, solos o en bandadas harapientas, atentos al maná del turista, intentando recoger un poco del polvo dorado que desprendemos los occidentales. Niños campesinos, trovadores, vendedores de artesanía, pastores buscando una moneda, un lápiz, cualquier cosa, pero ese pragmatismo adulto que la vida les ha impuesto aún es un fino barniz que se vuela con una sonrisa.

Quizás los niños africanos son así de cercanos o quizás sus mayores no tienen tiempo para ellos, agobiados por una vida precaria. Yo sí tenía tiempo y ganas de ser como ellos. En cada encuentro jugamos y reímos sin hablar, ellos se sorprendían con todo y yo me sorprendía de ellos, todo lo que les ofrecía les gustaba, ya fuera un mapa viejo o una bolsa de papel. Quizás tan sólo querían atención por un momento o simplemente salir de la monotonía lunar de ese páramo verdiazulado.

Una tarde desde el refugio subí mi primer 3.900 para ver el atardecer. Un grupo de pastorcillos nos esperaba en el peñasco, todos polvorientos, ajados y felices por tener visita. Nos enseñaron a usar sus látigos y hondas, hurgaron en nuestros bolsillos y entre risas les zarandeamos a todos menos a una niña que permanecía ajena, acurrucada en una roca. La nostalgia es extraña en los niños, cuando aún apenas tienen pasado.

Me acerqué a ella, era un ovillo inmóvil de telas rotas y tristeza. Me atreví a tomar un momento sus manos para calentarlas, ella ni sonrió, hizo una mueca de agradecimiento, entendí esa nostalgia de un futuro que no tendrá. Fue el momento más duro e impotente de mi viaje y quizás de todo este año triste. Aún siento el frío de aquellas manitas.

Montañas Simien



No merecen llamarse montañas, a lo sumo mesetas de 3.500 metros de altitud con montes de más de 4.000 metros que de repente caen en acantilados profundos. La travesía clásica bordea ese acantilado frente a una tierra asolada por la erosión.

No hay nieve ni glaciares, sino lomas herbosas, gargantas, cascadas y pueblos tradicionales. De soleados prados de trigo a acacias y warkas, de campos de habas y garbanzos a laderas frondosas de oleas, enebros y brezos, en los precipicios aloes en flor y en las alturas extraños paisajes verdiazulados de hierba con solitarias lobelias gigantes vigilándonos. Tampoco es difícil encontrar los animales de la zona, los accesibles babuinos gelada, los íbex de walia y el solitario lobo etíope.

Nuestro grupo se volvió místico a esta altitud, hipnotizado en silencio por la sobriedad de estas praderas, tan surrealistas como atrayentes, mientras seguimos los cambios de luz sobre ese paisaje, nos dejamos acariciar por las gramíneas y desconfiamos de las inquietantes lobelias.

El aire se hacía más ligero y nuestra respiración más densa, sobre todo al subir el pico Bwahit, de 4.430 metros. Al bajar vimos una carretera al lado del pico, lo que al fin y al cabo no le quitó mérito a la ascensión.

Paralelos al camino de los turistas, los habitantes hormiguean casi invisibles, viviendo en oscuras chozas cenicientas, ajenas al goteo de turistas que no se salen de su camino trazado.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Debark



Parece un polvoriento decorado para un western a 3.000 metros de altitud, apenas abastecido y poco acogedor donde el turista es siempre forastero porque no pasará más de una noche aquí. El único aliciente es organizar la clásica travesía por el Parque de las Montañas Simien.

No había visto tanto dinero en Etiopía como en la Oficina del Parque. Me pregunto dónde irán tantos fajos de billetes y si esta población abandonada recibirá algo. Todos miran al turista como si fuera oro blanco, desde los niños de la calle hasta los representantes de las agencias de viajes. Todos te siguen y te ofrecen algo, todos saben que eres rico y que tienes un oculto complejo de culpa por su pobreza.

Los coches climatizados pasan impúdicos levantando polvo mientras en las cunetas los niños saludan esperando las migajas. Nosotros vamos a pie, con tiempo de estrecharles la mano y devolverles la sonrisa. Una vez se me ocurrió darles una galleta, acabaron peleándose por ella. No sé si lo hacían por hambre o por curiosidad, pero acabé entregándoselas todas.



sábado, 17 de noviembre de 2012

Gondar



Etiopía me enfrentó sutilmente a la idea de África y hurgó en la frontera de los prejuicios. No esperaba encontrar castillos en un país negro, esos palacios como cadáveres de ballenas varadas en las lomas arboladas de Gondar, sin saber muy bien cómo llegaron aquí. 


Debre Mariam me decepcionó al principio, con esa pinta de establo descuidado. Al entrar entendí por qué es la iglesia más bonita de Góndar. Las pinturas cubren todas sus paredes sin agobiar, más bien arropan al fiel, tanto estética como emocionalmente. Sus dibujos son simples pero llenos de sentido, tan cercanos que parecen hablar de nosotros, y a la vez tienen una religiosidad ruda, básica y directa. Al salir sentí la iglesia de otro modo, esa áspera sobriedad de piedra y cañas tenían un sentido espiritual y una humilde coherencia que las iglesias europeas desconocen, la fortaleza de la austeridad y de la conexión con el entorno.


El domingo me levanté pronto para asistir a la liturgia etíope. No fue difícil desperezarse, a las seis de la mañana la ciudad vibraba con los trinos de los pájaros, los cánticos de las iglesias y la luz brumosa del amanecer. Los fieles, cubiertos con un largo velo blanco, ocupaban los alrededores de la iglesia hasta sus muros y rezaban en soledad. Todo quedó detenido durante las dos horas de la misa. La religión parecía ser un pilar básico en su vida, y esa gravedad se transmitía al ambiente, contagiándolo todo de trascendencia detenida. Dos horas después la vida terrenal agitaría de nuevo la ciudad y un mercado maravilloso se desparramaría  por ella, todo volvería a ser ruidoso y carnal.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Bahar Dar de noche

Las noches en África suelen ser momentos de reclusión, pero en Etiopía no tengo sensación de peligro y los oscuros bares de Bahar Dar son irresistibles, hay calles donde el ritmo de los tambores te llama. Ser el único extranjero del bar supone protagonismo asegurado, los trovadores locales te dedicarán tonadillas satíricas y los danzantes te harán bailar algo parecido a un apareamiento de pájaros. En pleno baile las cantantes más atrevidas te echarán repetidamente el aliento a la cara mientras contornean sus hombros y otras sisearán como serpientes mirándote fijamente.


Una noche de vuelta al hotel me colé por una de esas callejuelas que siempre me atraen. Allí en medio de la oscuridad oí la llamada de una chica local, supuse qué significaba y decidí ignorarla, pero ella empezó a seguirme discretamente susurrando en su idioma palabras que yo no entendía. Apreté el paso en vano, ella seguía decidida cada vez más cerca. Metros antes de llegar a la pensión no se daba por vencida, decidí ser más explícito, paré, me giré hacia ella y le lancé un tajante no. Entonces pude verla, no parecía prostituta, sus gestos eran dulces y su ropa humilde, me miraba sonriente, muy joven, discreta pero abierta a mi

No podía creer que me siguiera hasta dentro de la pensión, que me esperase discretamente a que recogiera la llave y que me acompañara hasta la puerta de la habitación, no sabía qué hacer. Ella volvía a susurrarme, y mientras yo preparaba la llave se acercaba cada vez más, segura de que yo finalmente accederíaNervioso conseguí abrir la puerta y cerrarla antes de que ella entrara. Se mantuvo frente a la puerta cerrada, hablándome dulcemente, convencida de que yo abriría. Cerré con llave.

¿Qué me turbaba? ¿su ofrecimiento y determinación o quizás su fragilidad o incluso desesperación? Su actitud no era de una Lolita buscando sino la de un cachorro poniéndose a salvo. Me dejó perplejo, es fácil juzgar desde la honestidad que da la riqueza, y evidentemente ella me enfrentó a mi deseo, mi bienestar y mi piedad. No volví a pasar por aquella calle oscura.

Bahar Dar de día


Me siento como en casa. Al tercer día ya me saludan por la calle y en la panadería saben lo que pediré. Apenas hay museos y monumentos, así que es fácil dejarse llevar por la gente en las avenidas sin rumbo fijo. No pude visitar su iglesia porque estaba rodeada de fieles enveladas en una permanente ceremonia. Todos los días paseé por su magnético lago, entre pobres que se lavan por la mañana, al atardecer por las frescas terrazas de la clase acomodada, y siempre embobado por los pájaros, un espectáculo infravalorado.


Bahar Dar tiene una doble personalidad que pasa desapercibida al principio. En las calles principales reina lo urbano, asfaltadas, bien iluminadas y con edificios occidentales, pero detrás de este decorado pervive un corazón campestre, se abren callejones donde resiste lo rural, el suelo es de tierra, las casas son de adobe y los animales pastan a sus puertas. En estas islas rurales todavía late el recuerdo del pasado de la ciudad, y me gusta que ambas convivan, que aún siga una dentro de la otra, en lugar de ser relegada al extrarradio.


El mercado es uno de los mayores del país, aquí vienen mujeres de los pueblos cercanos, vestidas con trajes locales, siempre en grupos, siempre desconfiando de la gran ciudad. Aquí me perdí entre verduras, especias, gallos y guindillas, conversé con mujeres tatuadas, estafadores poco convencidos y macarrillas locales, reí con ellos y me dejé invitar a probar sus productos, frutas para todos los males, hierbas fragantes y bebidas innombrables. Echaré de menos esta ciudad.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Bahar Dar: Tis Abay


A una hora de bus por un camino polvoriento están las pretendidas fuentes del Nilo, un mito que ha perdido su antigua grandiosidad por pragmatismo: una central eléctrica se apropia del agua y deja sólo el 10% para una catarata exigua pero aún vistosa. De todos modos el camino hasta ella es sólo una excusa para conocer el mundo rural y sus mercados. 


Normalmente evito los guías, pero ese chaval de 13 años era interesante por sí mismo, simpático, dinámico y con voluntad y poder de convicción, quiere llegar muy alto, a presidente del gobierno me dice. Estoy seguro que ya gana más que su padre campesino. No lo necesitaba para llegar a las fuentes del Nilo, pero sí para desmenuzar la realidad paralela al decorado turístico. Él me guió en el mercado de su pueblo, y aprendí a reconocer los cereales y los productos locales como el minúsculo teff, la sorprendente miel, la cerveza de mijo ahumada o la mantequilla intensamente animal, todo tan cerca aún de la naturaleza que sus olores y sabores eran casi sexuales.


Como recuerdo local me llevé puestas un par de pulgas a las que alimentaré durante el resto del viaje. Más de 50 molestas picaduras que recuerdo como lo peor de mi viaje.